
Corre el año 2029, en Colombia se celebra un aniversario más de la Legalización de la Cocaína y la joven periodista Helena García realmente no entiende por qué tanta alharaca: En el 2029 las drogas son algo cotidiano y los problemas que causan son de menor importancia. Muy a su pesar, la revista para la que trabaja le encomienda hacer una semblanza de la época de la prohibición, basándose en los informes documentales del activista y periodista, Juan Roberto Arenas, un hombre del que no se sabe nada hace 20 años.
Apática en un principio y frente a su reproductor de video, García viaja al pasado de la mano de Arenas, hacia el testimonio de Economistas, Historiadores, Psiquiatras, Analistas Militares, consumidores de drogas y gente de la calle. Desde un héroe de la Izquierda como Noam Chomsky hasta uno de la derecha como Milton Friedman, todos coinciden en calificar de absurdo que los gobiernos, durante cuarenta años, persistieran en hacerle guerra violentamente a una costumbre privada con una tradición tan larga como la historia de la humanidad.
Bajo la premisa de evitar que la gente se hiciera daño a sí misma y en contra de cualquier lógica de la oferta y la demanda, invertían miles de millones de dólares en dejar muertos inocentes, adictos sin atención suficiente, campesinos desplazados, daños ecológicos, corrupción y mafiosos cada día más ricos, más discretos y sanguinarios.
Los políticos se encargaban de negar que el mayor porcentaje de aquellos que ejercían la demanda mundial de drogas, no tenía ningún problema grave con ellas y que la guerra no había podido atajar el crecimiento sostenido de esos consumidores recreativos.
El caso colombiano era aún peor: habiendo sido por décadas el mayor productor de cocaína del mundo, y con un conflicto armando interno potenciado por el dinero del narcotráfico, su saldo total en muertes era de lejos el más alto. Pero los gobernantes locales no se arriesgaban a plantear ante los demás países la necesidad de una salida diferente. Por el contrario, proponían leyes para perseguir a los consumidores para consagrar al país, desde la constitución, a la guerra total contra las drogas.
García comienza a interesarse también por Arenas y su desaparición, lo que la lleva a alejarse de su deber de periodista. Mientras busca a Arenas, ve como, al contrario de las políticas oficiales, los jóvenes colombianos y la gente de la calle, comenzaba a proponer un cambio que aceptara al consumidor y se concentrara en protegerlo. Con ellos descubre cómo fue el nacimiento del futuro que ella conoce.
Un día cuando, ya no lo está buscando, encuentra a Arenas, que para entonces vive anónimamente y decepcionado de su trabajo. Le dice a García que los cambios que se dan en nuestra historia humana, son tan insignificantes para la historia del universo, que la verdad no vale la pena sacrificarse por ellos, ni hacer grandes homenajes, ni celebrar cosas tan pueriles como La Legalización de las Drogas. Con este mensaje desparece de nuevo, dejando a García, confundida, en medio de la ciudad.
García se enfrenta a la escritura de su artículo, y se pregunta si valía la pena estrellarse contra el mundo por algo que tarde o temprano iba a suceder, o peor aún, escribir un artículo insignificante para contar algo que es parte del pasado y que para la gente es como hablarle del aire que respira.
