
Desde hace 9 años, en una vereda escondida en las montañas de Colombia, los Observadores del Tiempo Atmosférico estudian el clima y miran hacia el cielo. No son meteorólogos, son simplemente los alumnos de Mercedes Arru bla, una profesora que encontró en las nubes, en la lluvia y en la brisa de las montañas de Jardín, en Antioquia, una buena disculpa para hacer que sus alumnos se interesaran en las matemáticas.
No importa que estén a dos horas de camino o si están en vacaciones; todos los días alguno de los muchachos vendrá hasta el colegio Miguel Valencia, y a la misma hora que el satélite TERRA de la NASA, estará tomando un registro de las variables climáticas de superficie. Usará para esto la modesta estación meteorológica que Mercedes y los primeros Observadores construyeron. Hoy en día, a fuerza de mirar para el cielo, ninguno quiere parar de soñar.
Mercedes sueña con el día en que el primero de ellos logre graduarse de meteorólogo. Pero necesita que aprendan inglés de verdad con el apoyo del SENA, necesita mantener el compromiso de la Universidad de Oklahoma para darle cupo a los muchachos para estudiar una carrera que en Colombia no existe. Trabaja duro para vencer la apatía de la administración del colegio y para convencer a los profesores. Mercedes no para de trabajar porque le sobran las horas: hace tres años que es totalmente incapaz de dormirse.
Solo logra conciliar el sueño unas pocas horas cada mes y su salud está totalmente deteriorada por la falta de descanso y por las drogas con las que toda clase de médicos han tratado de dormirla e stos años.
Hernán sueña con ser meteorólogo profesional. Hace dos años no está en el colegio, pero estudia las nubes, el clima y algo de inglés en la recepción del hotel en el que trabaja en Pereira, en el turno de la noche. El año entrante comienza a estudiar hidrología en la Universidad de Antioquia. Catherin tiene 13 años y es de las más activas. Su tía, con quien vive, no la entiende y se burlan de e lla por gastarse dos mil
pesos para ir los fines de semana a tomar los registros. Pero ella no se preocupa, pues cuando necesita unos pesos extra, dedica algunas horas a recoger café. Ella está esperando ansiosa la llegada de los profesores de inglés para empezar en serio las clases y empezar a soñar con Oklahoma. Didier, era uno de los mejores de grupo, se graduó hace cinco años y hace cinco también es papá. Didier ya casi no mira hacia las nubes y ya no sueña con ser meteorólogo. Los aguaceros lo toman por sorpresa. Didier trabaja en una de las heladerías de la plaza de Jardín. Lava platos, sirve helados y hace sanduches mientras ahorra para mudarse a Medellín.
Las vidas de estos cuatro personajes están unidas por un fuerte lazo y para ellos viene una año lleno de cambios y definiciones. Un año en el que los estaremos acompañando y filmando, para terminar de escribir esta historia.
